Biblioteca Universitaria Antonio Machado Ruiz

El terror de los bosques

En la provincia de Guantánamo, una de las mayores reservas boscosas del país, han ocurrido en lo que va de año 10 incendios forestales y 40 no forestales, causados fundamentalmente por actividades agropecuarias

GUANTÁNAMO.— Podía haberse arrepentido una y mil veces de ser guardabosque el día en que resucitó de un desmayo en medio del monte. Pero allí se dio cuenta Rafael Wilson Castellanos de que su dedicación por la floresta no era pasajera. Fue en la Sierra Canasta, donde todo estaba prendido y el exceso de humo le hizo perder la orientación.

Era un fuego muy grande en la zona de Palma San Juan, que redujo a tierra y madera quemada 36 hectáreas de bosques naturales, recuerda el hoy especialista en protección forestal del grupo de guardabosques de la provincia. Huían de su hábitat natural el majá de Santamaría, los sinsontillos, zorzales, tomeguines, las gallinas de guinea, termitas y abejas de tierra. Era un verdadero crimen ecológico, causado por la negligencia de unos castradores furtivos de colmenas.

Esa fue para él la experiencia más amarga en más de 20 años como guardián de bosques, pero no la única. «Porque, desafortunadamente, he perdido la cuenta de los incendios a los que he tenido que enfrentarme».

A Wilson lo conocimos a principios de año, justo en el inicio de la campaña de protección contra incendios forestales, que se desarrolla hasta mayo con el propósito de contribuir a crear conciencia en la población sobre los perjuicios que estos siniestros ocasionan al medio ambiente, y que se realiza precisamente en esos meses porque alrededor del 60 por ciento de los incendios que se reportan anualmente en la Isla ocurren en la etapa.

En el actual año ya se registran diez incendios forestales y 40 no forestales en Guantánamo, causados fundamentalmente por actividades agropecuarias y con afectaciones en 303,30 hectáreas, devoradas por las llamas.

«Sería bueno, nos dijo entonces, que fueran por Manuel Tames. Allí la sequía, pero fundamentalmente la negligencia, le están haciendo mucho daño a la naturaleza».

Y allá fuimos.

La culpa no la tiene el totí

Desde la carretera que lleva a Héctor Infante se ven los estragos del fuego en la falda de la loma La Luisa de Vegué, una altura muy famosa entre los lugareños porque además de dar una vista hermosa, a cada rato le prenden candela.

Son los conuqueros, asegura Arsenio Segura, hombre de campo que encontramos a la vera de un camino. «Ellos llegan a la ladera de la loma para hacer sembradíos, pero como la maleza es mucha, queman el área que van a cultivar. En sí ese no es el problema, lo que sucede es que no toman las medidas necesarias para evitar que se propague, como son las trochas cortafuego», comenta.

Ya Wilson nos había hablado de las medidas que deben cumplirse para realizar quemas controladas, porque no está prohibido hacer uso del fuego en las áreas de bosques y sus colindancias, pero para ello se deben cumplir las normas técnicas establecidas.

Mencionaba, por ejemplo, que debe hacerse en el horario de cinco de la tarde a diez de la mañana, con clima estable y vegetación seca; si el terreno es una pendiente se comienza la quema por arriba y con el viento en contra; si es un área grande debe hacerse por pequeñas fajas, además de cavar zanjas para atrapar las llamas que puedan rodar, entre otras.

En su oficina del Gobierno local, el joven dirigente Yonny Sarmiento Mosqueda, vicepresidente del Consejo de la Administración en el municipio de Manuel Tames, nos ilustra las complejidades de algunos de estos siniestros y recuerda las consecuencias de uno de los de mayor magnitud, ocurrido recientemente.

«En la zona de El Jigüe hubo un fuego que duró alrededor de 16 días. Las llamas abarcaron áreas de pastos y bosques, que son muy combustibles, sobre todo en los meses de enero y febrero, cuando se ha hecho sentir mucho la falta de precipitaciones en el municipio.

«Por el difícil acceso al área no se pudo sofocar en breve tiempo, propiciando que se expandiera a Santa Cruz de Jigüe, donde se quemaron además 6,5 hectáreas de la floresta.

«Lo mismo que ha sucedido otras veces, ocurrió allí: el aire seco y los fuertes vientos propagaron las llamas, que llegaron a penetrar por debajo de las piedras (fuego subterráneo), para difundirse por la ladera de la montaña.

Gracias al constante trabajo de los guardabosques —reconoce—, se pudo, luego de varios días, extinguir completamente.

Y nos quedó la enseñanza de que siempre que haya un incendio, forestal o no, hay que adoptar la medida de realizar lo que se conoce como guardia de ceniza, o sea, no se pueden apagar las llamas visibles y darlo por sofocado.

Hay que vigilar el área toda la noche hasta el amanecer —recomienda— , para cerciorarse de que no quede algún elemento en combustión que pudiera desencadenar más fuego.

Lo dice la experiencia

Hablar con Reinaldo Moirán Perigot, un hombre afable y humilde que hace varios años se desempeña como funcionario del Gobierno local para atender el Plan Turquino, es hacerlo con la voz de la experiencia monte adentro.

La utilización deliberada del fuego con fines agropecuarios, al menos aquí, es la causa principal de esas fatalidades relacionadas con las imprudencias de la gente, afirma.

No es menos cierto que el fuego ayuda a liberar sus nutrientes y con ello aumenta la riqueza de la tierra, pero en estos tiempos de sequía el suelo es vulnerable a incendiarse con mayor facilidad, advierte.

Los dueños de patrimonios forestales tanto particulares como estatales, deben ser cuidadosos y tomar las medidas pertinentes a la hora de utilizar el fuego para realizar la quema de potreros y balizas (restos de cosecha), u otras actividades agropecuarias, sostiene.

Moirán señala que tanto el fuego como el humo y las cenizas inciden desfavorablemente en la diversidad biológica (exterminan especies de la fauna y maderables), en la intoxicación de la atmósfera y la aceleración del cambio climático, y también en la destrucción de la vida de las personas, pues le causan múltiples daños a su salud.

Por lo que le han aportado reuniones, intercambios con pobladores y un sinnúmero de actividades que frecuentemente se desarrollan vinculadas a las montañas, el funcionario asegura: «Meten miedo las informaciones que nos llegan y que explican las causas de los incendios forestales en toda Cuba».

Y, en efecto, es preocupante que en la Isla los incendios forestales (hay que tener en cuenta que Guantánamo tiene una de las mayores reservas boscosas de la nación) aún provoquen pérdidas millonarias. En 2014, por ejemplo, ascendieron en todo el país a 19 333 644,39 millones de pesos.

En lo que va de 2015 las cosas van por el estilo, pues ya  han ocurrido 452 incendios forestales (diez de ellos en Guantánamo), que han afectado a más de 350 hectáreas en casi todas las provincias del país.

Es algo en lo que hay que pensar y contra lo que hay que actuar, porque además de todo el daño ecológico que provocan los incendios, se echa por tierra el esfuerzo de una nación cuyas inversiones le han permitido incrementar su patrimonio forestal, estimado en alrededor de tres millones de hectáreas.

Efemérides

Redes Académicas Principales